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martes, 18 de septiembre de 2012

CAJAS DE GUERRA (Fragmento)


          Muy formales, Pareja, Alvar y Micaela asintieron. Y hacia la taberna se encaminaron todos. Al principio iba Lapiedra delante mientras el tuerto llevaba cogidos a los dos niños, pero, al torcer la esquina, cuando enfilaban ya para el Azafate, Micaela se soltó, se adelantó y cogió de la mano a Lapiedra. Al soldado, sorprendido de entrada, le entró una cosa rara así por el pecho.
         “Mira tú la mocosa esta -pensó Pareja desde atrás-. Anda que no sabe. Hasta hará que se ablande un mendrugo como Bosco”.
         Lo cierto es que, menos mal que el tuerto no podía verlo, a Lapiedra se le dibujó una sonrisa que competía con las guías de su mostacho. Bueno, pues sí. El gesto de Micaela le había hecho gracia. Uno podía ser muy soldado, pero también tenía su corazoncito.
         -Por aquí vive la tal Melindrosa, ¿no? –preguntó Pareja con muy mala fe.
         -No sé las veces que te he dicho que se llama Melisenda –respondió Lapiedra tratando de no entrar al trapo.
         -Melindrosa de mirada indecente… quiero decir… incesante.
         -Pareja –replicó Lapiedra girando la cabeza a medias-, no me hagas contestarte que hay niños. Vamos a comer y tengamos la fiesta en paz.
         No había nadie en la taberna. Sólo el mozo que se apresuró con un punto obsequioso a preparar una mesa. A Pareja le decepcionó un poco no encontrar a Vicenta, más que nada porque la vez anterior no había podido platicar debidamente con la moza. Lapiedra, por el contrario, prefería la ausencia de la tabernera. Ni tenía ganas de ver a su amigo coqueteando como un pavo, ni quería preguntas sobre los niños. Claro que el mozo, sin duda, se haría lenguas de los dos soldadotes que habían estado comiendo con dos críos.
         Se preguntaba Lapiedra cómo era posible que, después de tantos años, aún se dejase enredar por el tuerto. Lo de la amistad está bien, pero no es motivo para ir metiéndose en todos los charcos. Bueno, concluía el soldado, a lo mejor sí que es la amistad un buen motivo. Porque era verdad que Pareja se las pintaba solo para los líos, pero también le había sacado a él de no pocas miserias. Como aquella vez en la encamisada de San Sinforien. Allí fue precisamente donde…
         -Deja de mirar hacia la puerta, Bosco –dijo Pareja interrumpiendo los pensamientos de Lapiedra-. Si tu Melindrosa tiene que pasar, pasará mires o no. Y sujeta mejor a Micaela, que aún se dará de morros contra el suelo.
         Y es que la niña no había querido una silla. Prefería sentarse sobre las rodillas de Lapiedra y este accedió, cosa rara, sin ningún gruñido. Pero, claro, una cosa era sentarse y otra, estarse quieta. Y Micaela jugaba con el pan que había traído el mozo, hacía bolas con la miga, se giraba hacia Lapiedra y le embutía los trozos en la boca. Y, cosa más rara aún, el soldado se los comía sin chistar.

viernes, 1 de julio de 2011

Ejercicio


(Fragmento de la novela "Cajas de guerra", tercera de la trilogía "Acero del Rey")

El tercio de Juan Arévalo de Sotomayor estaba listo. Durante toda la jornada, para desesperación de los milites, las compañías habían evolucionado sobre la llanura, cargaron y contra cargaron, formaron cuadros defensivos erizados de picas en el frente, se desplegaron en mangas y se replegaron el orden. Los capitanes gritaban las órdenes a sus sargentos y estos las aullaban a la tropa.
¡Arma prevenida!
Y los piqueros aferraban el astil de las picas y, con movimientos precisos encaraban un erizo de puntas de hierro frente a las cornetas de caballería que cargaban sobre ellos.
¡Mangas de arcabuces en las alas! ¡Coseletes al frente! ¡Hueco para los mosquetes!
Y se disparaba alguna salva sin bala; no muchas, porque la pólvora no abunda tanto como uno quisiera, pero sí las suficientes para impresionar al cada vez más nutrido público que salía al llano a ver el ejercicio.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cajas de guerra

CAPÍTULO I

Retorno


No era ni media mañana cuando María del Carmen abrió los ojos. Además de tener el sueño bastante ligero, notaba un poco de frío a pesar de las tres mantas con que se cubría. Terminó de despertarse cuando vio que Lapiedra estaba ya completamente vestido y miraba por la ventana abierta. De ahí el frío, claro. La moza, no tan moza en realidad porque se acercaba ya a la treintena, se preguntaba qué motivo tan importante habría tenido Lapiedra para levantarse de la cama, con lo bien que se estaba debajo de las mantas, y ponerse a mirar por la ventana. Y, encima, con la ventana abierta. Pero si ahí fuera no había nada que aquel hombre no conociese de memoria y, además, tampoco era la cosa tan bonita de ver. Allá enfrente, a unas pocas cuerdas, la torre; entre la taberna y la torre, las casas de los pescadores; más allá, la sierra. Al otro lado estaba la playa y el mar, pero tampoco María del Carmen, que veía aquello todos los santos días, creía que fuese tan interesante como para levantarse antes de mediodía y abrir la ventana de par en par. Y menos aún con el frío que hacía.