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lunes, 8 de julio de 2013

PERDÓN




         Me llamaron la atención desde el mismo momento en el que entraron. Él no parecía tener demasiadas ganas de estar allí, pero ella insistió y terminaron sentándose en el tercer banco.
         Tuve que fijarme en ellos a la fuerza. En primer lugar, a esa hora no había nunca más de una docena de fieles, todos habituales, repartidos por la iglesia mientras que ellos venían por primera vez. En segundo lugar, los gestos de fastidiada resignación del hombre y los de reproche de la mujer eran abundantes y evidentes.
         Había otras dos razones para fijarse, pero, dada mi condición de sacerdote, no sé si es conveniente manifestarlas. Aunque, a la vista de mi situación actual, creo que no tiene tanta importancia.
         Las razones eran, efectivamente, dos tetas del tamaño de sendos melones que emergían de la recién llegada.
         Que sí, que uno es cura y ha hecho voto de castidad, es verdad, pero eso no implica estar ciego.

sábado, 9 de febrero de 2013

TETA Y MANDARINAS




            Totalmente como pez fuera del agua. Totalmente. Con una incomodidad encima que resultaba más que evidente. ¿Qué coño estaba haciendo yo en ese sitio? ¿A qué había ido? Incomodidad, mucha incomodidad.
            La sensación no dejaba de tener su lógica. A mí no se me había perdido nada en aquel gimnasio.
            Gimnasio tiene algo que ver con desnudez. Creo que los griegos llamaban “gymnetes” a los que no tenían armadura o algo así. Vamos que era casi como si fuesen en pelotas a las batallas. Al parecer también llamaban así a una tribu de Iberia cuya característica principal era ir en pelota picada. Sana costumbre en verano, cierto, pero no tanto a partir de septiembre que empieza a rascar lo suyo. Y en el Valle del Ebro, ni te cuento.

miércoles, 20 de abril de 2011

En el confín


Debajo del emparrado hay algo de sombra. No mucha, pero sí lo suficiente para que Teofila Maledes pueda resguardarse del sol de plomo de mediados del verano. Tiene, además, la piel muy blanca, como corresponde a las mujeres de su clase, y ya ha sufrido en exceso en la travesía desde Constantinopla. Mira el edificio que tiene delante y las palmeras que emergen al otro lado y que se extienden más allá del río hasta perderse en las ondulaciones de las colinas. Una mujer, junto a ella, le susurra algo y asiente. Ha llegado el momento de marcharse.
No estaba prevista esta escala, como tampoco lo estaban la de Barcino ni la de Valentia. Pero algo pasaba con la nave. Desperfectos que no tenían demasiada importancia, decían los tripulantes, pero que era mejor reparar.
Teofila Maledes tenía negocios al sur, en Gades, pero no le gustaba viajar, y menos aún tan lejos de Constantinopla. Los administradores se encargaban de todo y le pasaban las cuentas correspondientes, pero cada pocos años se ponía la obligación de inspeccionarlo todo por sí misma.
Habían atracado en un lugar que llamaban Portus Illicitanus, pero para Teofila Maledes, lo mismo que para su secretario, sus dos sirvientas e incluso para los escoltas, lo de “puerto” era un título demasiado grande para aquel sitio. Puede que tiempo atrás lo fuese, pero en ese momento era poco más que un resguardo para pescadores. Claro que ellos venían de Constantinopla y cualquier cosa podía parecer demasiado pequeña o demasiado miserable para los ciudadanos de la capital oriental.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Quinto Albio Horacio, natural de Illici


Relato publicado originalmente en la revista Retratos Magazine del mes de Noviembre de 2010


Los legionarios dejaron caer el cuerpo sobre la mesa. Pesaba mucho.
El cirujano se acercó y negó varias veces con la cabeza. La herida era fea de verdad. El astil asomaba roto bajo la axila izquierda. El arquero había apuntado bien o había tenido mucha suerte. Una pulgada más a la derecha y la flecha habría rebotado contra las placas de la loriga.
El centurión primipilo entró en el barracón y se encaró con los hombres que habían traído el cuerpo.
-¿Qué ha pasado? –preguntó.
Los legionarios se cuadraron.
-Nos tendieron una emboscada, centurión –respondió uno de ellos-. Los pusimos en fuga, pero siguieron acosándonos con arcos y con piedras. Una de las flechas alcanzó al corniculario.
-¿Y los cofres?
-A salvo.

martes, 20 de abril de 2010

El anillo en la mano equivocada


El primer anillo

El primer anillo fue a parar a una mano gordezuela que tiraba a rubia de bote.

Fue una tarde de estupidez suprema, uno de esos errores que se perciben al instante, inmediatamente después de haberse cometido, pero para los que ya no hay vuelta atrás.

Me dolió perderlo. Aquel trocito de plata labrada tenía un significado especial. No era nada valioso, pero representaba el remate de una especie de búsqueda constante. Era el anillo de Penélope.

sábado, 17 de abril de 2010

Tópicos


Casi todos los días, pasadas por poco las nueve y media, iba a desayunar.

Era una especie de pequeña escapada inocente antes de volver a meterse en casa.

Y no es que en casa estuviese mal. Al contrario, tenía todas las comodidades que cualquiera pudiese desear. Lo cierto es que su situación, sin ser para ir derrochando, era lo suficientemente holgada como para no preocuparse.

A decir verdad, su vida estaba cargada de tópicos hasta en los más pequeños detalles. Hasta en el aspecto físico. Aunque quizá precisamente por eso, por ser tan tópica, no lo era tanto.

Era rubia natural, aunque el pelo se le había oscurecido un poco, y tenía los ojos claros. Sin ser espectacular, su figura llamaba la atención a pesar de sus dos hijos y de no haber pisado un gimnasio en su vida. Tenía una buena cantidad de amigos y conocidos, viajaba de vez en cuando…

Pero había cumplido los cuarenta.

Todo, absolutamente todo, era normal, absolutamente normal. Salvo por aquella leve, apenas perceptible sensación de incomodidad que le daba cada mañana. Pero se le pasaba inmediatamente después de salir a la calle.

jueves, 15 de abril de 2010

Segovia

No hace calor aunque el Sol llena las calles.
Por allá asoman nubes, pero, como mucho, sólo dejarán caer agua. Pero no hace calor esta mañana tan solitaria como castellana y leonesa

A través del cristal se ven cercanas las torres redondas coronadas y el perfil inconfundible de la fortaleza segoviana, aquella que no logró tomar Juan Bravo, tanto como su apellido.

Segovia de comuneros aunque el Alcázar era del rey.

Descanso esta mañana de sol intenso y de frío. Descanso antes de recorrer salas de banderas, de cofres con trozos de más allá de la Mar Océana, y miro el contorno de la tierra real y comunera a la vez.


“Matadme el primero porque no quiero ver morir al mejor de los hombres”.

Desafío extremo al socaire de la última derrota.

He venido a descansar de nada, a beberme a espuertas la historia de estos muros generosos que se dibujan enfrente y de aquellas piedras viejísimas que fueron agua y, lo que es lo mismo, vida en estado puro.

Segovia me ha cogido por sorpresa y pienso en ella mientras ceno, mientras cambio de canal y mientras trato de leer algo sin llegar a concentrarme en nada.

Subí a ver canal antiguo, elevado a base de sudor, y el perfil lejano de la mujer dormida, muerta dicen algunos. Y me vinieron a la mente otros perfiles rocosos y las palabras de alguien a quien no quiero recordar.

Y aquí estoy. Café bien caliente a pesar de Abril. Hace frío.

Segovia me cogió por sorpresa después de un plato combinado y me fui despacio a ver los arcos sin argamasa. El Acueducto es Segovia, pero también es Roma. O quizá sea al revés. Es ingeniería convertida en arte. Se agotan las exclamaciones de asombro, pero es Segovia porque está aquí. Sobre todo es Roma.

El Alcázar no.

Hoy no me importa si hay algo debajo. El Alcázar es pura Segovia y Segovia es pura España de historia hecha de contradicciones; de villa comunera y de fortaleza del rey. Aquí mismo, al volver, coronaron a Isabel reina de Castilla. Y también aquí mismo, al volver, Juan Bravo dijo que estaba hasta los cojones del de Utrech.

Es hora de subir a respirar el pasado de muros gruesos y tejados negros, de arcos apuntados y rosetones que se levanta ahí delante.

Mañana regresaré al presente. Hoy, no.

Es hora de subir y aún hace frío.

Manuel V. Segarra Abril 2010

viernes, 19 de marzo de 2010

Epílogos I



Alborea.
Asciende el Sol lentamente, con la parsimonia de un dios. Es, en realidad un dios.
Con esta alborada toca a su fin la noche más gloriosa para nosotros, los griegos, y la más larga y sangrienta para los troyanos.
Aún arde la ciudad en algunos puntos, pero ya, en su mayor parte, es sólo un amasijo informe de ceniza, piedra y sangre. Aún se escuchan algunas voces; quejidos y lamentos en nada parecidos a los gritos angustiosos o airados de la noche pasada.
A mi lado, tendido en el suelo, está Kalias dormitando su borrachera de vino y sangre. Filias está sentado frente a mí y mira en dirección al mar. De vez en cuando gira la cabeza esperando ver aparecer a los jefes. Alguien ha dicho que están en lo que queda del templo de Apolo haciendo ofrendas. Casandra, la sacerdotisa troyana que había adivinado la derrota, fue violada anoche sobre el altar. Fue Ayax. Dijo que amaba a Casandra, pero es lo mismo. Los griegos quieren que Apolo perdone ese crimen.
Todos bebimos, violamos y matamos anoche.

Epílogos II


A Casandra no le gustaba aquel maldito caballo.
Trataba de evitar por todos los medios que lo introdujesen en la ciudad. Rogó, lloró amenazó y suplicó. En vano.
Ya no había griegos en la playa. Se habían marchado al fin. Después de diez años de guerra, los troyanos comenzamos a respirar de nuevo. Incluso yo, que entendía que lo lógico era vivir en guerra, me sentí aliviada. No recordaba otra cosa. Era una niña cuando llegaron las naves negras y comenzaron a vomitar guerreros.
A pesar de las súplicas de Casandra, el monstruoso caballo fue introducido en la ciudad. No cabía y, a instancias de Helena, se derribó la parte superior de la puerta para que pudiese pasar. Helena y Casandra se odiaban. Muchos pensaron que si una insistía era porque la otra se negaba. Fuese lo que fuese, el caballo supuso el final.
No soy capaz de recordar exactamente qué ocurrió. De repente apareció ante mí una especie de gigante ensangrentado que tosía y escupía continuamente. Sentí tal terror que no pude moverme.

sábado, 30 de enero de 2010

La esquina


Hace frío este invierno. Es duro de frío y de escasez. Todo es escaso. Hasta las ganas.
Hace frío este invierno y también esta mañana clara. Y hay toses y humo antes del primer café.
Llego a la esquina de todas las mañanas, ya no recuerdo desde cuando, y me acurruco en el rincón. Humo, café, folios y frío. Por la plaza pasan apresurados unos pocos.
Otras mañanas hace calor y otras, las menos, llueve.
Antes había en la esquina un italiano más loco que un tuno con pandereta, pero hace años que no. Daba tapas de parmesano y creaba combinados imposibles. Luego se marchó y la esquina se hizo más grande.

domingo, 10 de enero de 2010

La duna


Otro lugar, otro espacio u otro tiempo. O acaso era lo mismo de siempre y quien había cambiado era ella. Pero no podía ser. Lo que debía estar no estaba y lo que estaba escapaba a su concepción de la realidad.
Aparentemente, no había ninguna razón para la existencia de una enorme duna, aunque fuese de arena dorada y finísima, en el lugar en el que tendría que haber un edificio.
Las calles del entorno eran las mismas de siempre; la plaza, la misma. Pero no estaba demasiado claro por qué todo, con la salvedad de la duna dorada, apareciese en blanco y negro, con los tonos de una fotografía vieja.
Se detuvo delante de la duna tratando de encontrar una explicación racional. Recorrió con la mirada todo el entorno. Nadie. Escuchó y pudo percibir… nada.
Tuvo un momento de alarma, pero al cabo, racional como siempre, sonrió.

sábado, 9 de enero de 2010

Hoplomacos

Mediada la mañana, los directivos de CALOR & Co salen a almorzar sus consumiciones racionadas de Glucosan para continuar funcionando a pleno rendimiento. Se meten por todas partes, por parejas o por tríos, nunca un número mayor, y recitan educadamente su número a las empleadas de la expendeduría nº 8 que se mueven ágiles entre ellos con sus cartulinas electrónicas y sus bandejas atornilladas.
Todos los empleados toman Glucosán. Todos son diabéticos. Algunos aún no, pero lo serán más o menos pronto.

Día del libro

… Y nos ponemos a celebrar el Día del Libro con algo tan nuevo como la cerveza, las aceitunas y las patatas fritas. Algún café corto sobrevuela las cabezas antes de aterrizar sobre la mesa.
Hablamos y no sabemos de qué, pero tampoco importa. ¿Qué es lo nuevo de este sábado que ni siquiera es la fecha que celebramos?

Alguien se acerca y nos pregunta si regalamos algo.