Los arcabuces de España
no hay fila que no destrocen,
no hay caballo que no ahuyenten,
no hay guerrero que no postren.
Y las picas españolas
no hay escuadra que no arrollen,
embate que no resistan
ni denuedo que no asombren.

Mi primo Manolo se ha muerto. Ayer.
Se murió de una enfermedad mala. Aunque todas lo son cuando empujan de esa manera.
Hacía mucho que no lo veía y no sé por qué me ha jodido tanto que se haya muerto. Porque me ha jodido mucho. Pero mucho.
Era familia, claro, y por eso tendría que haberme jodido, pero creo que es otra cosa. Algo que no termino de definir.
Era mayor que yo y, por eso, tampoco fue mi compañero de juegos como su hermano Pascual. Éramos muchos primos y nosotros, Pascual y yo, estábamos en esa franja tontorrona en la que no se es el mayor ni el más pequeño.
Me acuerdo de Manolo, hace décadas de esto, en el chalet, vestido de fiesta. Seguramente no pasaría entonces de ser poco más que un adolescente, pero me viene a la cabeza que yo pensaba que era mayor. Mayor con mayúsculas. Y eso que tampoco él era el mayor de sus hermanos.
Lo que sí sé es que siempre lo he tenido por el más franco, el más directo, el más vivo. Posiblemente haya sido de todos el más maltratado por la vida, pero creo que era también el más optimista. Con poco más de treinta años, pasaba a ver a mis padres y se reía a veces de su propia mala suerte. Seguramente, como todo el mundo, no fuese el mejor en nada y estaría cargado con dos espuertas de defectos, pero la imagen que tengo de él es la de alguien que despertaba simpatía, de alguien vital a pesar de los reveses.
Perdona, Manolo, estas líneas. Pocas y apresuradas, es verdad. Ni siquiera sé por qué las he escrito, pero es que me ha jodido tu muerte.
¡Joder, Manolo! No tenías que haberte muerto aún.
Manuel V. Segarra Mayo de 2010
El primer anillo
El primer anillo fue a parar a una mano gordezuela que tiraba a rubia de bote.
Fue una tarde de estupidez suprema, uno de esos errores que se perciben al instante, inmediatamente después de haberse cometido, pero para los que ya no hay vuelta atrás.
Me dolió perderlo. Aquel trocito de plata labrada tenía un significado especial. No era nada valioso, pero representaba el remate de una especie de búsqueda constante. Era el anillo de Penélope.
“Busca y encontrarás”.
Ahí estaba la clave. Si quería encontrar tenía que buscar.
Eran las mágicas palabras que acudían a su desenfrenada mente y que rebotaban contra el transparente cristal del amplio ventanal por el que entraba la reverberante luz de aquella soleada mañana y que inundaba el espacioso salón mientras se encontraba indolentemente tumbado en el cómodo, amplio y espacioso sofá del amplio salón con amplio ventanal.
Por fin lo tenía claro. Encontraría el secreto mejor guardado de la Iglesia y luego escribiría una novela.
LA NOVELA.
Por la escalera… Perdón. Por la angosta escalera de gastados peldaños subió el enigmático personaje portando colgando de su izquierdo hombro una especie de marrón bandolera de la que sacó un portátil ordenador.
Él sintió un profundo estremecimiento a la vez que un intenso estremecimiento y se giró estremecido.
El enigmático personaje había ya desaparecido. En su lugar estaba el portátil ordenador en cuya brillante pantalla escrito aparecía.
“Busca y encontrarás
y también lo hallarás.
Y si no lo encuentras
más lo buscarás.
Y cuando lo encuentres
a nadie se lo dirás.
Ni siquiera a la chica
se lo dirás ni hablarás
de lo que encontrarás.
Te callarás
o te daré de ostias”.
El más blanco.
Se repuso del intenso estremecimiento y también del profundo estremecimiento mientras se peinaba el negro cabello que tenía sobre la humana cabeza.
“El más blanco”, pensó “¡ARIEL!” Claro que también podía ser… ¡DIXAN! Todos los elegidos iniciados guardianes del código para la clave en el enigma del secreto mejor guardado de la Iglesia sabían de la eterna lucha de ambos. Pero ahora le tocaba a él, descendiente por parte de su tío carnal de los cátaros templarios de la Rosacruz merovingia de María Magdalenas Lozano, averiguar
EL SECRETO MEJOR GUARDADO DE LA IGLESIA
Sobre la amplia mesa de oscura madera había una enigmática nota. Una postal que sus padres, que ya no estaban allí, le habían hecho llegar por extraños e inexplicables conductos secretos.
La miró con creciente interés y vio una de color imagen de una amplia playa de fina arena flanqueda por altos y enigmáticos edificios. La leyó. Sin duda, ahí estaba la clave.
Querido hijo.
No te preocupes por nosotros. Todo se ha cumplido como estaba previsto.
Tu padre y yo estamos bien.
Procura alimentarte de algo más que pizza.
Un beso.
Mamá.
La enigmática nota con el perturbador sello de Correos estaba fechada dos días atrás en Santa Pola. ¿Qué quería decir todo aquello? ¿A qué se refería su madre con eso de que estaban bien?
Sin duda, era un nuevo enigma.
(Continuará, desgraciadamente. Aunque a buen entendedor...)
Manuel V. Segarra Abril 2010
Casi todos los días, pasadas por poco las nueve y media, iba a desayunar.
Era una especie de pequeña escapada inocente antes de volver a meterse en casa.
Y no es que en casa estuviese mal. Al contrario, tenía todas las comodidades que cualquiera pudiese desear. Lo cierto es que su situación, sin ser para ir derrochando, era lo suficientemente holgada como para no preocuparse.
A decir verdad, su vida estaba cargada de tópicos hasta en los más pequeños detalles. Hasta en el aspecto físico. Aunque quizá precisamente por eso, por ser tan tópica, no lo era tanto.
Era rubia natural, aunque el pelo se le había oscurecido un poco, y tenía los ojos claros. Sin ser espectacular, su figura llamaba la atención a pesar de sus dos hijos y de no haber pisado un gimnasio en su vida. Tenía una buena cantidad de amigos y conocidos, viajaba de vez en cuando…
Pero había cumplido los cuarenta.
Todo, absolutamente todo, era normal, absolutamente normal. Salvo por aquella leve, apenas perceptible sensación de incomodidad que le daba cada mañana. Pero se le pasaba inmediatamente después de salir a la calle.
Nunquam retorso.
(Nunca hacia atrás).
El recuerdo es el único paraiso del que nunca podrán arrojarme y el único infierno del que nunca podré escapar.