miércoles, 20 de abril de 2011

En el confín


Debajo del emparrado hay algo de sombra. No mucha, pero sí lo suficiente para que Teofila Maledes pueda resguardarse del sol de plomo de mediados del verano. Tiene, además, la piel muy blanca, como corresponde a las mujeres de su clase, y ya ha sufrido en exceso en la travesía desde Constantinopla. Mira el edificio que tiene delante y las palmeras que emergen al otro lado y que se extienden más allá del río hasta perderse en las ondulaciones de las colinas. Una mujer, junto a ella, le susurra algo y asiente. Ha llegado el momento de marcharse.
No estaba prevista esta escala, como tampoco lo estaban la de Barcino ni la de Valentia. Pero algo pasaba con la nave. Desperfectos que no tenían demasiada importancia, decían los tripulantes, pero que era mejor reparar.
Teofila Maledes tenía negocios al sur, en Gades, pero no le gustaba viajar, y menos aún tan lejos de Constantinopla. Los administradores se encargaban de todo y le pasaban las cuentas correspondientes, pero cada pocos años se ponía la obligación de inspeccionarlo todo por sí misma.
Habían atracado en un lugar que llamaban Portus Illicitanus, pero para Teofila Maledes, lo mismo que para su secretario, sus dos sirvientas e incluso para los escoltas, lo de “puerto” era un título demasiado grande para aquel sitio. Puede que tiempo atrás lo fuese, pero en ese momento era poco más que un resguardo para pescadores. Claro que ellos venían de Constantinopla y cualquier cosa podía parecer demasiado pequeña o demasiado miserable para los ciudadanos de la capital oriental.

lunes, 14 de marzo de 2011

Días de salsa china I.b


La plaza de los aligustres y los dos años

Marola resultaba ser tan encantadora como Cardo había intuido. Algo completamente nuevo. Escuchaba, hablaba, era atenta, graciosa… Era un tópico, pero hasta ese momento no había conocido a nadie como ella. Le gustaba. ¡Vaya si le gustaba!
Cardo iba a verla y se citaban en la plaza mayor, en una terraza frente a la iglesia, junto a unos árboles de hojas que siempre le parecían amarillas aunque puede que fuesen verdes.
Una tarde le preguntó qué clase de árboles eran.
-No lo sé –respondió Marola.
-Yo diría que son aligustres –apuntó él. No entendía de árboles, ni de plantas en general, pero se le antojaba que parecían aligustres.
Una tarde le preguntaron a un camarero.
-Les llaman falso plátano –respondió el otro.
Un pequeño chasco. Pero la plaza de los falsos plátanos no sonaba ni medianamente bien, así que ambos decidieron que seguiría siendo la plaza de los aligustres.
En la comarca hay muebles, alfombras, zapatos y uva. Hay mucha uva en el pueblo y Marola tenía días enteros de limpiar racimos.

jueves, 3 de marzo de 2011

Boudica IV

La zorra britana

Boudica siente que no puede dar un paso más. Parece que las rodillas van a desmontarse de un momento a otro y tiene los pies hinchados y a punto de llagarse. El dogal le ha hecho una escocedura en el cuello que quema con cada movimiento. Pero lo peor es el pómulo. Creyó que le estallaba la cabeza cuando el romano le cruzó la cara.
Apareció de repente, con la espada goteando sangre en la derecha y con el brazalete de hierro de Boergeles en la izquierda. Boergeles estaba muerto. Sólo así habría consentido en que le arrebatasen el emblema familiar.
El romano se acercó a Boudica y dejó caer el brazalete. Luego señaló el gladio que ella aún aferraba contra sí y dijo:
-Esa espada es mía.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cajas de guerra

CAPÍTULO I

Retorno


No era ni media mañana cuando María del Carmen abrió los ojos. Además de tener el sueño bastante ligero, notaba un poco de frío a pesar de las tres mantas con que se cubría. Terminó de despertarse cuando vio que Lapiedra estaba ya completamente vestido y miraba por la ventana abierta. De ahí el frío, claro. La moza, no tan moza en realidad porque se acercaba ya a la treintena, se preguntaba qué motivo tan importante habría tenido Lapiedra para levantarse de la cama, con lo bien que se estaba debajo de las mantas, y ponerse a mirar por la ventana. Y, encima, con la ventana abierta. Pero si ahí fuera no había nada que aquel hombre no conociese de memoria y, además, tampoco era la cosa tan bonita de ver. Allá enfrente, a unas pocas cuerdas, la torre; entre la taberna y la torre, las casas de los pescadores; más allá, la sierra. Al otro lado estaba la playa y el mar, pero tampoco María del Carmen, que veía aquello todos los santos días, creía que fuese tan interesante como para levantarse antes de mediodía y abrir la ventana de par en par. Y menos aún con el frío que hacía.

jueves, 17 de febrero de 2011

Días de salsa china I.a

Conferencia y terraza

Hacía buena temperatura, nada raro en verano, y Cardo fue a buscar a Marola. Aparcó donde pudo y fue hacia la plaza que le habían indicado.
Un rato antes, Cardo había llamado a Nereida. Es que no tenía el teléfono de Marola.
-¿Qué hacéis?
-Nada –respondió Nereida-. ¿Quieres hablar con mi hermana?
-Me gustaría.
Se puso Marola. Estaba preparándose para ir a una conferencia sobre el Románico.
-¿Puedo ir? –preguntó Cardo.
-¿Te interesa el Románico?
-Bueno...
-Pues vas a tener que darte prisa. La conferencia empieza en quince minutos.
-Voy para allá. Llego en diez minutos. ¿Dónde es?
-No lo vas a encontrar. Mejor te espero en… ¿Sabes dónde está el Ayuntamiento?
-Lo encuentro.
-Te espero a la puerta.

sábado, 12 de febrero de 2011

Días de salsa china I

MAROLA


Verano de mucho calor

Mediaba la tarde de un agosto agobiante, como todos los agostos en estos lugares.
Días de fiesta mayor y la plaza bullía a medias. Las palmeras dan poca sombra.
El mercadillo ofrecía abalorios, artesanía, reproducciones más o menos acertadas de piezas arqueológicas, recuerdos de la ciudad, algo de bebida y libros. Los mercaderes, ataviados con algo parecido a túnicas y capas, se esforzaban con diferente fortuna en darle a aquello un aire de foro romano o de ágora griega. Claro que las gafas, en más de uno absolutamente necesarias, algún reloj despistado y el propio aire festivo del acontecimiento, a lo que no era completamente ajeno aquel mejunje de vino y miel, restaban bastante crédito al acto. Tampoco importaba tanto, decían los menos rigoristas. Al fin y al cabo eran fiestas.
Marola, pantalón vaquero y el pelo muy negro y muy corto, miraba hacia todas partes. Más que acompañarla, la escoltaba un gigante moreno de aire tranquilo, como todos los grandullones. Tal vez no era tan gigante, pero lo parecía al lado de Marola. Junto a ella iba su hermana Nereida. Parecía ir buscando algo.

miércoles, 12 de enero de 2011

Boudica III


La sombra del cuervo

Boudica Deambula de un lado a otro sin saber dónde ir ni dónde mirar. Hay escombros por todos lados. Los mismo escombros que causó su horda al pasar por Londinium no hace tanto tiempo. Hay escombros, restos calcinados, hedor a excrementos, a orines, a carne en descomposición.
Hace apenas veinte días, el lugar por el que deambula Boudica de los icenos, Boudica de Britania la llamaban muchos, era un lugar animado por el comercio. Era una ciudad rodeada de villas romanas comparables a las de Italia. Ahora es una ruina.
Mataron poco los guerreros de Boudica en Londinium. Suetonio Paulino había hecho evacuar la ciudad poco antes de la llegada de los britanos. Aún así hubo mucha sangre, incendios y saqueos. Quizá si aquello no se hubiese producido ahora la reina de los icenos no deambularía de un lado a otro, ni iría vestida de harapos, ni tendría los pies llagados, ni el cabello parecería de esparto.
Dos días enteros, o quizá más, estuvieron los britanos saqueando Londinium. Era una ciudad grande. Dos días que, sin pretenderlo, dieron de ventaja a los romanos que huían. Suetonio Paulino pudo reunirse con sus legionarios y elegir el terreno que más le convenía para presentar batalla. Si no se hubiese saqueado Londinium, Boudica habría dado alcance al romano y ahora aquel estaría muerto y ella seguiría siendo la reina de los britanos.
Boergeles la mira con un gesto que quiere ser de resignación, pero que se parece al desprecio. Más de una vez ha pensado en abandonar a Boudica. Lleva días pensándolo. Aún no sabe qué es lo que se lo impide. Tal vez la certeza de saber que, sin él, ella ya habría muerto.