Con la entrada Boudica VII, que, por cierto, está
incompleta,doy por cerrada la publicación de esta historia
en el blog.
La novela completa se publicará en breve en papel.
Muchas gracias a quienes la habéis seguido.
viernes, 21 de octubre de 2011
lunes, 4 de julio de 2011
Boudica VII
Cayo Suetonio Paulino
El gobernador de Britania, Cayo Suetonio Paulino mira hacia el Oeste. Mira más allá de los alojamientos de los legionarios y del vallum que circunda el acuartelamiento. A su lado hay un centurión ya entrado en años. Quizá sea más viejo que el propio gobernador. Desde luego, su rostro está tan curtido que parece estar hecho con el mismo cuero que cubre los escudos. Sostiene en la mano izquierda la vara de vid, símbolo de su cargo. Muchos centuriones prefieren dejarla en sus alojamientos, pero éste es de la vieja escuela.
-¿Cuántos años llevas en la legión? –pregunta Suetonio Paulino.
-Pronto hará cincuenta, señor.
El gobernador de Britania, Cayo Suetonio Paulino mira hacia el Oeste. Mira más allá de los alojamientos de los legionarios y del vallum que circunda el acuartelamiento. A su lado hay un centurión ya entrado en años. Quizá sea más viejo que el propio gobernador. Desde luego, su rostro está tan curtido que parece estar hecho con el mismo cuero que cubre los escudos. Sostiene en la mano izquierda la vara de vid, símbolo de su cargo. Muchos centuriones prefieren dejarla en sus alojamientos, pero éste es de la vieja escuela.
-¿Cuántos años llevas en la legión? –pregunta Suetonio Paulino.
-Pronto hará cincuenta, señor.
viernes, 1 de julio de 2011
Ejercicio
(Fragmento de la novela "Cajas de guerra", tercera de la trilogía "Acero del Rey")
El tercio de Juan Arévalo de Sotomayor estaba listo. Durante toda la jornada, para desesperación de los milites, las compañías habían evolucionado sobre la llanura, cargaron y contra cargaron, formaron cuadros defensivos erizados de picas en el frente, se desplegaron en mangas y se replegaron el orden. Los capitanes gritaban las órdenes a sus sargentos y estos las aullaban a la tropa.
¡Arma prevenida!
Y los piqueros aferraban el astil de las picas y, con movimientos precisos encaraban un erizo de puntas de hierro frente a las cornetas de caballería que cargaban sobre ellos.
¡Mangas de arcabuces en las alas! ¡Coseletes al frente! ¡Hueco para los mosquetes!
Y se disparaba alguna salva sin bala; no muchas, porque la pólvora no abunda tanto como uno quisiera, pero sí las suficientes para impresionar al cada vez más nutrido público que salía al llano a ver el ejercicio.
martes, 28 de junio de 2011
Boudica VI
La brecha en la cabeza
Apenas ha cambiado el gesto Boudica en todo el tiempo. Sólo gritó una vez. Justo cuando el centurión Cayo Flaminio Cota caía por la ladera con la cabeza sangrando. Quedó inmóvil allá abajo. La maleza cubría casi todo su cuerpo y sólo se veían los pies. No se movían.
-¿Está muerto? –preguntaba Teserago.
-Seguro que lo está –respondía Dumeges. Y mostraba la piedra ensangrentada que aún portaba en la mano.
-Habría que asegurarse.
Hay una buena caída hasta el cuerpo. La ladera es empinada y está cubierta de matorrales. Dumeges duda. ¿Bajar? El romano no ha podido sobrevivir. Él mismo le ha abierto el cráneo con la piedra. La cabeza sangró tanto que salpicó la cara de Dumeges. Cayó por la ladera golpeándose con todo.
-Seguro que está muerto –insiste.
Teserago asiente, pero no está tan seguro. Intuye que el romano puede estar aún con vida. Una brecha en la cabeza es escandalosa, pero no necesariamente mortal. Tal vez esté con vida, pero quizá muera pronto. Y aunque no muera tardará en recuperarse. Para entonces, ellos ya estarán lejos.
-De acuerdo –admitía Teserago-. Vámonos.
Hubo que dar un tirón del brazo de Boudica. Ella se había quedado con los ojos puestos en la ladera.
sábado, 28 de mayo de 2011
Boudica V
La mujer que tose
Boudica abre los ojos y le cuesta recordar dónde se encuentra. Hay poca luz; la que entra por un ventanuco que se abre muy cerca del techo. El suelo no está duro, pero es porque no es el suelo. Se halla tumbada sobre un camastro sencillo, pero cómodo. Al menos, más cómodo que cualquiera de los lugares en los que ha tenido que dormir desde… El lugar es cálido y agradable. El tacto de la manta que la cubre es suave y hasta el aire parece que huele bien; tan bien como su cabello que ha dejado de ser una maraña de algo parecido a una planta de espinos y ha recuperado su color normal.
Recuerda poco de la noche anterior. Estaba agotada, completamente agotada. Cayó varias veces rendida. Lo pies sangraban y el romano no se detenía. Parecía querer llegar cuanto antes. Durante la jornada se habían tropezado con otra patrulla, más numerosa que la anterior.
miércoles, 20 de abril de 2011
Días de salsa china I.c
Cena
Cardo no estaba especialmente a gusto. No era de extrañar teniendo en cuenta que prefería estar en otro lugar.
A decir verdad, tampoco estaba tan mal porque la cena había tenido buen ambiente, buena comida y hasta buena conversación. Quizá habría estado aún mejor si sus compañeros de mesa no se hubiesen metido tanto con su reciente afición a Marola. “La niña esa” la llamaban a pesar de sus protestas.
Cardo no estaba especialmente a gusto. No era de extrañar teniendo en cuenta que prefería estar en otro lugar.
A decir verdad, tampoco estaba tan mal porque la cena había tenido buen ambiente, buena comida y hasta buena conversación. Quizá habría estado aún mejor si sus compañeros de mesa no se hubiesen metido tanto con su reciente afición a Marola. “La niña esa” la llamaban a pesar de sus protestas.
En el confín

Debajo del emparrado hay algo de sombra. No mucha, pero sí lo suficiente para que Teofila Maledes pueda resguardarse del sol de plomo de mediados del verano. Tiene, además, la piel muy blanca, como corresponde a las mujeres de su clase, y ya ha sufrido en exceso en la travesía desde Constantinopla. Mira el edificio que tiene delante y las palmeras que emergen al otro lado y que se extienden más allá del río hasta perderse en las ondulaciones de las colinas. Una mujer, junto a ella, le susurra algo y asiente. Ha llegado el momento de marcharse.
No estaba prevista esta escala, como tampoco lo estaban la de Barcino ni la de Valentia. Pero algo pasaba con la nave. Desperfectos que no tenían demasiada importancia, decían los tripulantes, pero que era mejor reparar.
Teofila Maledes tenía negocios al sur, en Gades, pero no le gustaba viajar, y menos aún tan lejos de Constantinopla. Los administradores se encargaban de todo y le pasaban las cuentas correspondientes, pero cada pocos años se ponía la obligación de inspeccionarlo todo por sí misma.
Habían atracado en un lugar que llamaban Portus Illicitanus, pero para Teofila Maledes, lo mismo que para su secretario, sus dos sirvientas e incluso para los escoltas, lo de “puerto” era un título demasiado grande para aquel sitio. Puede que tiempo atrás lo fuese, pero en ese momento era poco más que un resguardo para pescadores. Claro que ellos venían de Constantinopla y cualquier cosa podía parecer demasiado pequeña o demasiado miserable para los ciudadanos de la capital oriental.
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