Harto de mis ocios y de mi vagancia,
de atisbar zaguanes y rondar mesones,
de ir de calle en calle con la petulancia
de los matachines y los fanfarrones;
sabiendo que en Flandes pagan cien ducados
a todo soldado para que se equipe,
pienso yo ir a Flandes entre los soldados
que encamina a Flandes el rey D. Felipe.
Muy formales, Pareja, Alvar y Micaela asintieron. Y hacia la taberna se
encaminaron todos. Al principio iba Lapiedra delante mientras el tuerto llevaba
cogidos a los dos niños, pero, al torcer la esquina, cuando enfilaban ya para
el Azafate, Micaela se soltó, se adelantó y cogió de la mano a Lapiedra. Al
soldado, sorprendido de entrada, le entró una cosa rara así por el pecho.
“Mira tú la mocosa esta
-pensó Pareja desde atrás-. Anda que no sabe. Hasta hará que se ablande un
mendrugo como Bosco”.
Lo cierto es que, menos
mal que el tuerto no podía verlo, a Lapiedra se le dibujó una sonrisa que
competía con las guías de su mostacho. Bueno, pues sí. El gesto de Micaela le
había hecho gracia. Uno podía ser muy soldado, pero también tenía su
corazoncito.
-Por aquí vive la tal
Melindrosa, ¿no? –preguntó Pareja con muy mala fe.
-No sé las veces que te
he dicho que se llama Melisenda –respondió Lapiedra tratando de no entrar al
trapo.
-Melindrosa de mirada
indecente… quiero decir… incesante.
-Pareja –replicó Lapiedra
girando la cabeza a medias-, no me hagas contestarte que hay niños. Vamos a
comer y tengamos la fiesta en paz.
No había nadie en la
taberna. Sólo el mozo que se apresuró con un punto obsequioso a preparar una
mesa. A Pareja le decepcionó un poco no encontrar a Vicenta, más que nada
porque la vez anterior no había podido platicar debidamente con la moza.
Lapiedra, por el contrario, prefería la ausencia de la tabernera. Ni tenía
ganas de ver a su amigo coqueteando como un pavo, ni quería preguntas sobre los
niños. Claro que el mozo, sin duda, se haría lenguas de los dos soldadotes que
habían estado comiendo con dos críos.
Se preguntaba Lapiedra
cómo era posible que, después de tantos años, aún se dejase enredar por el
tuerto. Lo de la amistad está bien, pero no es motivo para ir metiéndose en
todos los charcos. Bueno, concluía el soldado, a lo mejor sí que es la amistad
un buen motivo. Porque era verdad que Pareja se las pintaba solo para los líos,
pero también le había sacado a él de no pocas miserias. Como aquella vez en la
encamisada de San Sinforien. Allí fue precisamente donde…
-Deja de mirar hacia la
puerta, Bosco –dijo Pareja interrumpiendo los pensamientos de Lapiedra-. Si tu
Melindrosa tiene que pasar, pasará mires o no. Y sujeta mejor a Micaela, que
aún se dará de morros contra el suelo.
Y es que la niña no había
querido una silla. Prefería sentarse sobre las rodillas de Lapiedra y este
accedió, cosa rara, sin ningún gruñido. Pero, claro, una cosa era sentarse y
otra, estarse quieta. Y Micaela jugaba con el pan que había traído el mozo,
hacía bolas con la miga, se giraba hacia Lapiedra y le embutía los trozos en la
boca. Y, cosa más rara aún, el soldado se los comía sin chistar.
A Marola le gustaba “El señor de los anillos” y una tarde llevó la película a casa de Cardo. Tarde de película, pero sin palomitas.
Se tumbaron en la cama, pero Cardo estaba más pendiente de Marola que de Frodo, los orcos y el resto de la fauna de la película. Es que Marola le tiraba más. Lógico.
-Una pausa –pedía de vez en cuando. Y se encendía un cigarrillo. Cardo fumaba bastante.
Abrazaba a Marola, la acariciaba y le pedía que le explicase esto o aquello.
-No lo entiendo.
-Es el anillo del poder –respondía Marola paciente.
-Que mal pronuncias la jota –bromeaba Cardo. Y volvía a las caricias.
-El anillo crea una especie de dependencia –explicaba Marola-. ¡Ay! Estate quieto. Para. Que pares. Deja quietas las manos.
-Tú sí que creas dependencia –replicaba Cardo-. Vale. Vamos otra vez con Frodo, los elfos y la elfa esa del caballo.
Y, al poco rato, otra pausa.
No terminaron de ver la película, claro.
Es que no terminaba de llegar nunca el puñetero tren. No, no había retraso, pero no por eso dejaba de ser desesperante. Los últimos minutos se hacían eternos.
Parecía mucho más tarde, pero es que en diciembre se hace pronto de noche
Marola esperaba en la estación. Tres días por delante en Valencia. Bueno, no. Tres días, no. Dos. No. Tampoco. Dos noches. El día siguiente y medio día más. Vale, lo que sea. Unos días para disfrutar. Había que hacer algunas cosas, pero pocas. El resto del tiempo, para pasarlo bien.
Marola tenía que hacer algunas gestiones en Valencia, cosas de su licenciatura, y Cardo le había dicho que hacía muchos años que no iba. Tampoco es que le hiciese demasiada ilusión. Es lo que ocurre cuando se tienen las cosas ahí al lado. Valencia no estaba ahí al lado, pero casi.
Pero Marola tenía ilusión de sobra para los dos y le propuso que, ya que tenía que ir, pasasen juntos esos días. Ella iría antes, solucionaría todo lo que pudiese y él iría después, en cuanto acabase de trabajar.
A Cardo tanto le daba ir a Valencia como a la calle de al lado siempre que fuese con Marola. ¿Valencia? Vale. Vamos. Y Cardo se pidió los correspondientes días libres.
La estación, llena de gente. Pero la figura de Marola, pequeña y nerviosa, era inconfundible.
Como los dos eran considerablemente tontos en eso de las manifestaciones en público, el encuentro fue bastante frío. Es que eran muy tontos y a Marola le daba apuro.
Salieron de la estación. Había llovido y Marola se empeñaba en cargar con la bolsa de Cardo.
Estaba bonita Valencia. O, a lo mejor era que estaba Marola allí, con más nervios que de costumbre o con más emoción o con las dos cosas. A saber.
Cardo no tenía por costumbre hacer demasiados planes, pero para eso estaba Marola que prefería tenerlo todo controlado.
-Elías me ha dado la dirección de dos hostales. Bueno, de uno. El otro es muy caro.
Elías era compañero de facultad y amigo. Cardo escuchaba y Marola le contaba que ella y Elías habían trabajado en la restauración de una iglesia subiéndose a los andamios. Se habían divertido escondiendo brujas de papel en los rincones de los zócalos, las columnas y las ménsulas. Era un buen amigo Elías. Estaba casado, pero se preocupaba por ella y la llamaba siempre que encontraba algún trabajo. Cardo no era celoso, pero… ¡Hay que joderse!
Llegaron al hostal, razonablemente cerca de la estación, y les atendió un vejete con gorra. La habitación era barata y ya era bastante tarde. Se la quedaron.
A Cardo no le gustó nada. Después de haber pagado se dio cuenta de que aquello no era un hostal al uso. Saltaba a la vista. Hombres quizá demasiado mayores acompañados de señoritas quizá demasiado jóvenes vestidas quizá de forma un tanto provocativa. Había unos cuantos. Pero ya era tarde y no había tiempo de buscar otra cosa.
A pesar de algunas carreras en el pasillo y de alguna risa en una habitación próxima, durmieron bien. Así y todo, los dos estuvieron de acuerdo en cambiar de hostal al día siguiente.
Cardo pensaba que era la primera vez que Marola y él dormían juntos. Dormir. Sólo dormir. Pero no había sido, ni de lejos, la noche más romántica del mundo.
Marola era completamente novata en algunas cosas. Sin embargo, a pesar de su pijama afelpado -en diciembre hace frío- y de su falta de experiencia, estaba mucho más suelta que Cardo.
Encontraron otro hostal con mejor aspecto. Era un poco más caro, pero se quedaron la habitación. Ahora, el día por delante.
Los viernes por la mañana, a las diez, dicen una misa en la iglesia del Patriarca que parece sacada de otro tiempo. Marola no era especialmente creyente. No lo era nada, pero de vez en cuando le pedía a Cardo:
-Rézale a tu dios para esto o para lo otro.
Pero, sin ser creyente, reconocía que aquella misa era bastante especial. Tiraba un poco a preconciliar con su coro al fondo, con la procesión previa y con los incensarios. Lo cierto es que sobrecogía. Sólo nueve fieles. Claro. Viernes por la mañana y sin ser fiesta de guardar…
A Cardo le gustó la misa sobre todo por lo que tenía de rito de otra época. Era más creyente que Marola, pero tampoco hay que exagerar. Le gustó la misa, pero le gustaba más ir por la calle al lado de Marola aunque aquella no quisiera cogerle la mano, la muy puñetera. Es que no eran mucho de manifestaciones cariñosas en público, pero Marola, menos.
Había que ir por la tarde a casa de Elías. Marola tenía que recoger un encargo. Y como la mañana aún era larga, nada más romántico que ver el Museo Militar de Valencia.
Fueron. A Marola le daba lo mismo ir al museo que a la calle de al lado, siempre que fuese con Cardo. ¿Al Museo Militar? Vale. Vamos.
Y fueron. Y luego fueron a la Catedral y pasaron por una de las librerías París-Valencia y pasearon y miraron escaparates y Cardo escuchaba lo que Marola le contaba y Marola escuchaba lo que Cardo le contaba. Comieron, tomaron café y volvieron a pasear y a pararse delante de la librería y pasaron por una plaza en la que había muchas terrazas. Fueron al hostal a descansar y se hartaron de jugar, de picarse mutuamente, de juntar las dos camas y de saltar encima. Cuando Cardo se paraba, Marola le decía:
-Lo que te pasa es que no eres lo bastante hombre.
-Ahora te demostraré lo hombre que soy.
Y vuelta a empezar hasta que Marola, entre risas, accedía.
-Eres muy hombre, eres muy hombre.
Mediada la tarde, cuando empezaba a oscurecer, fueron a casa de Elías. Marola caminaba como si se le fuese a hacer tarde. Siempre caminaba deprisa. Casi siempre. A veces, cuando paseaban, iba un poco más despacio. La verdad es que estaba lejos. Se podía ir a pie, pero era un buen paseo.
Elías y Bego la esperaban. Por referencias ya conocían a Cardo, aunque les sorprendió un poco que fuese mayor. Eso siempre sorprendía. Pero es que había muchas cosas que sorprendían en Marola.
Cardo estaba un poco envarado de más. Siempre había sido muy seco. Un suro, según Marola. El palabro venía a significar algo así como antipático. Pero lo cierto es que él estaba tan incómodo como si le hubiesen metido una vara por el culo. Y eso que Bego trataba de ser atenta. Elías también, sí.
Al cabo de poco rato, el paseo de vuelta era igual de largo que el de ida y, además, cargados con más de mil fotocopias, se fueron. Bego recomendó a Marola que comprase una caja de bombones en concreto porque la caja de madera era ideal para guardar pinceles. Vale. Irían a buscarla al día siguiente. Aún les quedaban horas.
Cenaron un poco de cualquier manera en un bar cercano al hostal. Cardo pidió pimientos de Padrón y Marola se comió uno. Comió más cosas, vaya, pero pimientos, sólo uno. O dos, quizá.
De regreso a la habitación, las cosas parecían un poco más calmadas que después de comer. ¡Que te lo has creído! Juegos y más juegos, bromas, un masaje suave, besos, susurros y Marola, con su pijama afelpado, como una rana encima de Cardo. Y eso que él jamás había podido dormir con alguien pegado. Otras cosas sí, pero, para dormir, que corra el aire.
Se cerraban los ojos y los dos, muy tontos, pensaban en lo bueno que era todo aquello.
Se oyó un estruendo. Algo así como un montón de rocas corriendo ladera abajo mientras temblaba la habitación.
Cardo se levantó y se colocó deprisa y corriendo los pantalones y la camisa.
-¿Qué pasa? –Marola estaba alarmada.
-No lo sé –Cardo, también-. Voy a ver qué ha sido eso. Quédate ahí. Tranquila que vuelvo enseguida.
En el pasillo, Cardo se encontró con otro hombre. Tampoco sabía qué había pasado.
-Ha sido por ahí.
Salieron a la calle. Todo parecía normal. Entonces Cardo, acordándose de donde llegó el estruendo, se acercó a la esquina. Junto al hostal, un solar en obras. Habían dejado la pared mediera. La lluvia, o lo que fuese, provocó el desplome. Por lo visto, la caída de todo aquello convertido en cascotes no afectó al hostal, pero hubo que esperar a que llegase la policía y luego a un técnico que certificase que no había peligro.
Mientras, Cardo subió a la habitación para tranquilizar a Marola. Ella se había vestido y se acurrucaba junto a la ventana.
No había peligro, pero no durmieron tranquilos. De todos modos, aunque no estaban tranquilos, volvieron a dormir abrazados.
Por la mañana, desayunando churros, se reían. Había sido sus juegos los causantes del desplome. Es que ponían mucha pasión, decían.
Luego se fueron a buscar la caja de bombones para los pinceles, pero resultó que no les gustó tanto.
Cardo compró dos libros en la París-Valencia. Marola le compró a él una bolsa de cuero labrado y un sombrero de pana. Él le compró a Marola una banda para el pelo de muchos colores. Por la tarde regresaron en un tren atestado de gente, después de haber hecho que sus vecinas de asiento retirasen las maletas para poder sentarse.
Cardo se colocó la chaqueta sobre las piernas y, por debajo, Marola y él iban cogidos de la mano.
Cae fuerte el sol esta tarde. O esta mañana, ya perdida la noción del tiempo.
Quiero irme, escapar de la cueva atravesada de maderos, de plantas ciegas.
Era ya noche cerrada, o madrugada, cuando me atenazaban los muslos firmes.
Temblaba hasta la raíz del pelo aquella imitación burda de princesa olvidada.
Temblaba mientas este guerrero de miserias tosía, gruñía y jadeaba. Siempre
quiero irme. Siempre, porque no hay más continuidad que un suspiro, aún no sé si
de placer o de hastío.
Viajo en el tiempo. Viajo
sentado a la sombra de este aligustre que no lo es en realidad. Alarga el Sol
las sombras a media tarde y vuelven a mi cabeza aquellos días de salsa china que
se han convertido en bilis. Estoy viendo tu imagen desdibujada y ahora me
parece hasta deforme, con todas las deformidades del engaño. Y, justo ahora,
pasas por mi lado y me rio en silencio. Porque el recuerdo se ha encenagado
tanto que hasta aquí sube el hedor del vómito. No te odio, no. Ni siquiera
eso.
Finalmente, la novela que comencé a publicar en este blog con el título de "Boudica" va a ver la luz, convertida en libro. La primera presentación será el 20 de abril de 2012. Será a las 20'30, con entrada libre, en la Sala Cocó de Elche. Correrá a cargo del concejal de Cultura Pablo Ruz, el escritor Eduardo García-Ontiveros, el editor José Antonio L. Vizcaino y un servidor. Viernes 20 de abril a las 20'30.
Kideya, a la que los griegos llaman Helike y los romanos denominarán Ilice Augusta, se interpone en el camino de las tropas de Cartago de Amilkar Barka. En ese punto, en ese momento, se encuentran Agesilao, un mercenario griego, y Rodopis, una bailarina egipcia. Mi primera novela publicada. Más información aquí.
Novela histórica basada en la intervención de las amazonas de la reina Pentesilea en la Guerra de Troya. Un relato en el que combaten entre sí la astucia, la habilidad y la fuerza. Más información aquí.
Acero del Rey es la primera novela de una trilogía ambientada en la segunda mitad del S. XVI. Novela de aventuras de las denominadas "de capa y espada", de espada y mancebía en realidad, cuenta las peripecias de dos veteranos de los tercios viejos españoles. En esta primera parte la acción transcurre en una fortaleza del Sureste de la península. Más información aquí.
Aún trátándose de una novela de lectura independiente, es la segunda parte de la trilogía. Siguen las aventuras de los dos veteranos de los tercios viejos. Frailes, mercaderes, soldados y, por descontado, mozas de taberna, acompañan a los protagonistas en esta nueva entrega. Más información aquí.