Pero que tonto era. ¿Cómo podía ser tan
tonto? ¿Cómo podía decir aquellas cosas? Es que era tonto de verdad. Iba a la
casa pequeña y hablaba con su padre. A veces le decía cosas y Herein se reía.
Llegó hacía ya algún tiempo y era
griego, decía. También decía que era escultor y que había estado en Atenas. Se
llamaba Agilas aunque algunos le conocían como Androkles.
Hizo amistad con el padre de Herein y
algunos días iba a la casa. A ella empezaron a gustarle las historias que
contaba de Atenas y de Esparta, y de otros sitios, aunque no supiese donde
estaban aquellos lugares. También hablaba de Mainake, de Gadir, de Arse, de
Mastia, de muchos sitios. Era divertido y le decía cosas. Qué tonto era.
En ocasiones se ponía un poco serio.
Sobre todo cuando hablaba de lo que estaba pasando en el sur.
Muy de tarde en tarde, Dama Cuta salía
y recorría las calles. Intentaba hacerlo como una persona más, pero no era
posible. ¿Cómo iba a serlo si llevaba delante una escolta de dos guerreros? Iba
acompañada de un sacerdote y de dos o tres mujeres. Una llevaba un parasol y
las otras un cesto y un odre mediano con agua.
En ocasiones se le unía el régulo con
su propia escolta y entonces ya no había modo de estar en la calle.
Herein estaba en la puerta con
Teneladin. Su amiga le contaba que Gago de los Lobos la pretendía. También la
pretendían Ilortes y Alamenes que eran del clan de los Jabalíes.
Teneladin empezaba a ser muy hermosa.
Era natural que los guerreros jóvenes se fijasen. Herein tenía un poco de
envidia. No porque la pretendiesen, si no porque su amiga empezaba a ser muy
hermosa. Lo decían todos. Hasta Muruma lo había dicho.
-Esa Teneladin se está volviendo una
mujer muy hermosa. Sus padres tendrían que pensar en casarla cuanto antes.
Todos decían que su amiga era hermosa.
De ella no decían nada. Hasta Gudur, que continuaba mirando a veces
desde la esquina de la calle quebrada, parecía haberse fijado.
Oyeron el rumor que venía de la calle
ancha y poco después aparecían Dama Cuta y todos los demás. Se asustaron un
poco y a Teneladin le dieron ganas de meterse en su casa, pero se quedaron
allí.
Dama Cuta se detuvo ante ellas y miró a
Herein.
-Eres la hija de Adelamos Harara –dijo.
No era una pregunta.
Herein asintió primero con la cabeza.
-Soy Herein Harara, hija de Adelamos
Harara, jefe del clan de los Caballos.
-Si, ya sé. Y tú eres la niña del
reflejo. ¿Cuántos años tienes ya? ¿Catorce?
-Casi quince.
Dama Cuta movió la cabeza, pero no dijo
nada más. Se marchó calle abajo con su escolta, con el sacerdote y con las
mujeres.
Herein se llevó la mano al colgante. No
se había deshecho de él. Era el recuerdo de la última vez que vio viva a su
madre. Cinco años, casi seis. Las piernas forradas de hierro, el guerrero
muerto a su lado, los gritos y su madre tendida en el suelo.
Dama Cuta había visto todo aquello
desde la muralla y se acordaba de ella.
Teneladin temblaba de emoción.
-Dama Cuta te ha hablado –decía. Ya no
se acordaba de Gago, ni de Alamenes, ni de Ilortes. De nadie.
A Herein no le gustaba Gudur. Pasaba
muchas veces por delante de la casa pequeña o se quedaba mirando desde la
esquina de la calle quebrada. A veces, cuando salía con Muruma al mercado,
Gudur las seguía. Muruma se reía.
Desde la muerte de su madre, tres años
ya, vivían cada vez tiempo en la ciudad, en la casa pequeña. No iban mucho a la
casa grande y Herein echaba de menos el remanso del río, los caballos. Echaba
de menos a su madre. Muruma la peinaba, pero no era igual. Le hubiese gustado
volver, pero su padre prefería que se quedasen en la ciudad. Eran malos
tiempos, decía, y en la casa pequeña estaban más seguras. Su padre sí iba.
Tenía que encargarse de la tierra, de los animales, de controlar a los hombres,
de vigilar las lindes.
Para Herein, lo único bueno que tenía
la ciudad era que allí estaba su amiga Teneladin. Ya no jugaban como antes,
pero hablaban mucho. Hablaban de las cosas nuevas que había en la tienda del
griego Focas o de los chismes que se contaban de Melicertes o del vestido que
se estaba cosiendo Teneladin.
Un día, Gudur y otro hombre fueron a la
casa pequeña. Querían hablar con el padre de Herein y a ella la mandaron fuera
con Muruma.
Lo de la democracia, la filosofía, las
columnas de estilo jónico y todo lo demás está muy bien. Pero lo cierto es que,
a despecho de todo lo que nos han contado, a los griegos de cualquier ciudad,
lo que más les gustaba era matarse alegremente con otros griegos de cualquier
otra ciudad.
Eso cuando no se dedicaban a hacer
instructivas excursiones a Troya. Luego volvían de la excursión (que para
algunos duró veinte años) o de matarse unos a otros y se dedicaban a hacer
grieguitos nuevos con las respetables Penélopes que se habían quedado en casa
siendo absolutamente, ¡absolutamente! fieles a sus respectivos. (Si, si.
Seguramente). El caso es que volvían y, con la misma alegría con la que habían
estado matándose, los griegos trincaban a las respectivas y se ponían a
fabricar grieguitos que, andando el tiempo, seguirían matándose unos a otros
con idéntico entusiasmo que sus ancestros.
A las griegas, eso de hacer grieguitos
nuevos no les parecía mal, sobre todo en la fase inicial del proceso de
fabricación que suele ser la que da más gustito. Lo que no les gustaba tanto
era que, después de la siembra, los respectivos se marchasen de nuevo espada en
mano a practicar el deporte nacional.
Y, claro está, las griegas se deprimían
mucho, se desesperaban y bebían.
Algunas, por aquello del aburrimiento,
se dedicaban a hacer nuevas amistades, pero “solo de oídas”. Cosillas sin
importancia.
Entonces apareció Lisístrata que
también bebía, pero se deprimía menos. Y les dijo a las demás que podían seguir
bebiendo, pero que se deprimiesen menos. Y luego llamó a otras para que
viniesen. Y cuando estuvieron todas reunidas, Lisístrata dijo que ya estaba
bien de tonterías. “A ver qué se han creído estos”, “hasta dónde vamos a
llegar”, “esto con Agamenón no pasaba” y “se van a enterar estos”.
En resumen, si los hombres, espada y
tararí, ellas, candado y tururú.
Por supuesto que todas estuvieron de
acuerdo y, para celebrarlo, a beber.
Conclusión, pollo desplumao.
Si no han entendido nada, vengan a ver
LISÍSTRATA (el original es de Aristófanes, que conste, y la adaptación de un
servidor). Y si lo han entendido, vengan también. Seguro que pasan un buen
rato.
Centro Polivalente de Carrús, en Elche,
el día 23 de noviembre.
La
muñeca Tera se había perdido. Terminó hecha trozos a medio camino entre las
murallas y el bosque de palmeras. Se rompió del todo una tarde que regresaban a
la casa grande después de haber estado en la ciudad. La llevaron su padre y su
madre. También iba Muruma con una cesta vacía y otro hombre con bolsas de
esparto grandes a la espalda.
Desde la casa grande hasta la ciudad
había un buen trecho, pero no tenían prisa. De vez en cuando, su padre se la
subía a los hombros, pero no mucho rato porque ella había crecido y pesaba un
poco.
No era la primera vez que Herein iba a
la ciudad. Allí había mucha gente y también había de todo. Las murallas eran
muy grandes y muy altas, o eso le parecía. A veces, cuando se hacía de noche,
no regresaban y se quedaban en la casa pequeña que estaba pegada a la muralla.
Herein no sabía si le gustaba la
ciudad. Allí vivía su amiga Teneladin, justo al lado de la casa pequeña, pero
también había mucho ruido y asustaba un poco ver tanta gente.
Calor
aquella mañana, aunque quizá no tanto como ahora.
Herein jugaba con su muñeca Tesa cerca
de la puerta de la casa grande. Jugaba y veía el trasiego de unos y otros. Más
allá de la cerca alta había vacas, cerdos y cabras. Dos hombres acarreaban
haces de palmas para reparar un techo y, al otro lado, un hombre hacía trotar a
un caballo.
A Herein le habían dicho que no se
acercase a la cerca alta. Se podía hacer daño. Tampoco debía acercarse donde
los caballos. Su madre se lo decía todas las mañanas y ella se lo repetía a su
muñeca Tesa. Tenía otra muñeca que se llamaba Romo. Era más nueva, pero casi
nunca jugaba con ella. Prefería a Tesa. El año anterior su padre la había
repintadoy lucía muy bonita, tanto como
cuando era nueva. En otoño se le rompió una pierna y le compraron a Romo, pero
no era lo mismo y su padre reparó la pierna rota.
Una gota de sangre cae sobre el montón
de tierra. Hace ruido. Mucho. Casi un retumbo. Avanzan rápidas las llamas y se
funden con el galope de muchos caballos. Silencio luego. Silencio.
Entra el sol por el ventano alto. Ya hace
que amaneció.
La mujer, frente perlada de sudor,
respiración agitada y sábana pegada al cuerpo, abre los ojos. Hay silencio a
medias. Una paloma se ha posado en el ventano y pájaros pían fuera.
Se incorpora a medias la mujer y la
paloma se espanta con el ruido. Ella también está un poco asustada. O quizá sea
solo la agitación del suelo. Sin acabar de levantarse, llama.
Kideya, a la que los griegos llaman Helike y los romanos denominarán Ilice Augusta, se interpone en el camino de las tropas de Cartago de Amilkar Barka. En ese punto, en ese momento, se encuentran Agesilao, un mercenario griego, y Rodopis, una bailarina egipcia. Mi primera novela publicada. Más información aquí.
Novela histórica basada en la intervención de las amazonas de la reina Pentesilea en la Guerra de Troya. Un relato en el que combaten entre sí la astucia, la habilidad y la fuerza. Más información aquí.
Acero del Rey es la primera novela de una trilogía ambientada en la segunda mitad del S. XVI. Novela de aventuras de las denominadas "de capa y espada", de espada y mancebía en realidad, cuenta las peripecias de dos veteranos de los tercios viejos españoles. En esta primera parte la acción transcurre en una fortaleza del Sureste de la península. Más información aquí.
Aún trátándose de una novela de lectura independiente, es la segunda parte de la trilogía. Siguen las aventuras de los dos veteranos de los tercios viejos. Frailes, mercaderes, soldados y, por descontado, mozas de taberna, acompañan a los protagonistas en esta nueva entrega. Más información aquí.