jueves, 9 de septiembre de 2010

Boudica II


Mira Boudica a su alrededor y deja caer los brazos en un gesto de abatimiento resignado. Su mirada ha perdido el brillo de furia que tenía hace sólo un rato. Ya no hay nada que hacer. Nada, salvo escapar ahora que aún se puede o morir. La otra posibilidad es sencillamente impensable. Boudica prefiere morir cien veces antes que caer en manos de Roma.
Por ahí enfrente vienen imparables las cohortes. Lentas y silenciosas, sólo se oye, muy de vez en cuando, la orden áspera de algún centurión obligando a los legionarios a mantener la formación de batalla. Se oyen las órdenes por encima de los gruñidos espasmódicos y de los alaridos de terror de los britanos que huyen descontrolados ante el muro de hierro que avanza paso a paso.
Boudica cuenta mentalmente los cuadros de hombres forrados de hierro. Diez en total. Y detrás hay otros cinco. Ella sabe que, a pesar de lo imponente de la formación, no son ni diez mil. Y en menos de una hora han derrotado por completo a sus más de cincuenta mil guerreros. No son ni diez mil y muchos de ellos ni siquiera han llegado a combatir. Allá al fondo, junto al general de capa escarlata, están las reservas, los que tenían que intervenir si las cosas se ponían mal para los romanos. Pero no ha sido necesario. Las dos primeras filas han bastado para liquidar por completo el efímero ejército britano.

viernes, 30 de julio de 2010

Ella dice que es aburrida


Areté bebe su infusión a sorbos pequeños y escucha. Sabe escuchar mucho y bien. A veces asiente con gestos y a veces, pocas, pregunta. Tiene siempre, o tenía, un aire distante que de lejos la hacer parecer fría y tajante. Una reina.
Llega la tarde, otra, entre sorbos de infusión y de café bien negro y bien caliente. Hace calor aunque, de vez en cuando, la brisa alegra las ramas de las palmeras de esta plaza vieja con fuente más vieja aún y con trenza joven. Tarde de verano. Otra.
Areté transmite calma entre sorbo y sorbo. Y hacía falta calma este verano que ha sucedido a los años de aquel otoño, negro a veces, cuajado de medias realidades. Escucha y habla sin variar su porte de reina. Ella dice que es aburrida, pero puede que no tanto. No, no lo es.

viernes, 23 de julio de 2010

Matías, mi padre


Hoy He estado pensando en mi padre.
A veces pienso mucho en mi padre que murió hace ya bastantes años.
Pienso en él aunque no quiero hacerlo porque cada vez que lo hago se me anuda la garganta. Como ahora.
Pienso en mi padre y me acuerdo de él, ya mayor pero no tanto, sentado en el sillón, leyendo y preguntándome.
A mí me costaba contarle cosas, claro. Era mi padre y ejercía de tal. No era un padre de esos modernos de ahora, tan superguays de la muerte que, por encima de todo pretenden ser amiguetes de los hijos y que, en mi opinión… Dejémoslo estar.
Menos mal que no era así.
El mío era un padre conservador, de los de antes y con las ideas muy claras al respecto.
Tenía su punto severo, pero nunca, en los cuarenta años que lo tuve, me puso la mano encima. Ni el más miserable cachete. Y eso que, en más de una y más de dos ocasiones -y bastantes más-, las cosas como son, le di motivos sobrados para que me plantase un par de soplamocos bien dados. Es que yo era un hijo más bien puñetero y tenía una habilidad especial para sacarlo de quicio. Pero, así y todo, como máximo una bronca.

miércoles, 21 de julio de 2010

Picas y arcabuces






Los arcabuces de España
no hay fila que no destrocen,
no hay caballo que no ahuyenten,
no hay guerrero que no postren.
Y las picas españolas
no hay escuadra que no arrollen,
embate que no resistan
ni denuedo que no asombren.

Marola

Baja deprisa Marola la cuesta. Es mediodía y va cargada, las manos ocupadas y la cabeza puesta en la tarde de trabajo adicional. Ya veremos de dónde saca el tiempo para todo.
Pasa frente a mí, pero no me ve. Mejor. Sólo le faltaba eso este día que no ha sido tan bueno. Ni tan malo. Como todos, como la mayoría al menos.
La veo con su paso vivo y sonrío.
Hace sol, pero no calienta bastante. Aún no es tiempo de terraza y la miro a través del cristal.
Hace años, cuando aún no era Otoño, Marola caminaba deprisa siempre y se detenía, hablaba, casi echaba a correr y volvía a detenerse otra vez para apresurar de nuevo el paso hasta que llegaba.
Sonrío de nuevo y la recuerdo con sus faldas largas y sus medias de colores, con su mirada nerviosa y con el pelo rebelde. A veces dibujaba y escribía.
La veía siempre y me moría de envidia de aquel sujeto burlón y perverso. Marola me hablaba a veces y me decía que le amaba. Yo me reía por dentro y por fuera. Imposible.
No quería decirle que amaba una sombra, que era sólo humo.
Un día Marola creció y dejó de hablarme a veces. Su mirada nerviosa fue volviéndose dura. Cambió sus faldas largas y sus medias de colores por chaquetas de corte ejecutivo. Ya no dibujaba ni escribía, pero seguía caminando deprisa.
Y una tarde me habló de nuevo. Ya no le amaba.
Se ha perdido de vista con su paso ligero, su cartera y su trabajo.
Aquel sujeto burlón y perverso, sombra y humo, ya no está.

Manuel V. Segarra
Marzo 2010

martes, 20 de julio de 2010

Mi porte desenfadado...


Mi porte desenfadado
y aquesta banda pomposa
bien gallardamente os dicen
que estuve en Flandes, señora.

Y si nobleza quisiereis
mirad cómo la pregona
la cruz que adorna mi pecho
cual viviente ejecutoria
de que es hidalga mi sangre
y es mi prosapia famosa.

Llevado de nobles ansias
dejé mi vieja casona,
he corrido muchas tierras
en pos de lides heroicas,
y derramando mi sangre
y acrecentando mi honra
he cosechado mil lauros
pero ninguna derrota.

martes, 18 de mayo de 2010

Se ha muerto

Mi primo Manolo se ha muerto. Ayer.

Se murió de una enfermedad mala. Aunque todas lo son cuando empujan de esa manera.

Hacía mucho que no lo veía y no sé por qué me ha jodido tanto que se haya muerto. Porque me ha jodido mucho. Pero mucho.

Era familia, claro, y por eso tendría que haberme jodido, pero creo que es otra cosa. Algo que no termino de definir.

Era mayor que yo y, por eso, tampoco fue mi compañero de juegos como su hermano Pascual. Éramos muchos primos y nosotros, Pascual y yo, estábamos en esa franja tontorrona en la que no se es el mayor ni el más pequeño.

Me acuerdo de Manolo, hace décadas de esto, en el chalet, vestido de fiesta. Seguramente no pasaría entonces de ser poco más que un adolescente, pero me viene a la cabeza que yo pensaba que era mayor. Mayor con mayúsculas. Y eso que tampoco él era el mayor de sus hermanos.

Lo que sí sé es que siempre lo he tenido por el más franco, el más directo, el más vivo. Posiblemente haya sido de todos el más maltratado por la vida, pero creo que era también el más optimista. Con poco más de treinta años, pasaba a ver a mis padres y se reía a veces de su propia mala suerte. Seguramente, como todo el mundo, no fuese el mejor en nada y estaría cargado con dos espuertas de defectos, pero la imagen que tengo de él es la de alguien que despertaba simpatía, de alguien vital a pesar de los reveses.

Perdona, Manolo, estas líneas. Pocas y apresuradas, es verdad. Ni siquiera sé por qué las he escrito, pero es que me ha jodido tu muerte.

¡Joder, Manolo! No tenías que haberte muerto aún.

Manuel V. Segarra Mayo de 2010