martes, 28 de junio de 2011

Boudica VI


La brecha en la cabeza

Apenas ha cambiado el gesto Boudica en todo el tiempo. Sólo gritó una vez. Justo cuando el centurión Cayo Flaminio Cota caía por la ladera con la cabeza sangrando. Quedó inmóvil allá abajo. La maleza cubría casi todo su cuerpo y sólo se veían los pies. No se movían.
-¿Está muerto? –preguntaba Teserago.
-Seguro que lo está –respondía Dumeges. Y mostraba la piedra ensangrentada que aún portaba en la mano.
-Habría que asegurarse.
Hay una buena caída hasta el cuerpo. La ladera es empinada y está cubierta de matorrales. Dumeges duda. ¿Bajar? El romano no ha podido sobrevivir. Él mismo le ha abierto el cráneo con la piedra. La cabeza sangró tanto que salpicó la cara de Dumeges. Cayó por la ladera golpeándose con todo.
-Seguro que está muerto –insiste.
Teserago asiente, pero no está tan seguro. Intuye que el romano puede estar aún con vida. Una brecha en la cabeza es escandalosa, pero no necesariamente mortal. Tal vez esté con vida, pero quizá muera pronto. Y aunque no muera tardará en recuperarse. Para entonces, ellos ya estarán lejos.
-De acuerdo –admitía Teserago-. Vámonos.
Hubo que dar un tirón del brazo de Boudica. Ella se había quedado con los ojos puestos en la ladera.

sábado, 28 de mayo de 2011

Boudica V


La mujer que tose


Boudica abre los ojos y le cuesta recordar dónde se encuentra. Hay poca luz; la que entra por un ventanuco que se abre muy cerca del techo. El suelo no está duro, pero es porque no es el suelo. Se halla tumbada sobre un camastro sencillo, pero cómodo. Al menos, más cómodo que cualquiera de los lugares en los que ha tenido que dormir desde… El lugar es cálido y agradable. El tacto de la manta que la cubre es suave y hasta el aire parece que huele bien; tan bien como su cabello que ha dejado de ser una maraña de algo parecido a una planta de espinos y ha recuperado su color normal.
Recuerda poco de la noche anterior. Estaba agotada, completamente agotada. Cayó varias veces rendida. Lo pies sangraban y el romano no se detenía. Parecía querer llegar cuanto antes. Durante la jornada se habían tropezado con otra patrulla, más numerosa que la anterior.

miércoles, 20 de abril de 2011

Días de salsa china I.c

Cena

Cardo no estaba especialmente a gusto. No era de extrañar teniendo en cuenta que prefería estar en otro lugar.
A decir verdad, tampoco estaba tan mal porque la cena había tenido buen ambiente, buena comida y hasta buena conversación. Quizá habría estado aún mejor si sus compañeros de mesa no se hubiesen metido tanto con su reciente afición a Marola. “La niña esa” la llamaban a pesar de sus protestas.

En el confín


Debajo del emparrado hay algo de sombra. No mucha, pero sí lo suficiente para que Teofila Maledes pueda resguardarse del sol de plomo de mediados del verano. Tiene, además, la piel muy blanca, como corresponde a las mujeres de su clase, y ya ha sufrido en exceso en la travesía desde Constantinopla. Mira el edificio que tiene delante y las palmeras que emergen al otro lado y que se extienden más allá del río hasta perderse en las ondulaciones de las colinas. Una mujer, junto a ella, le susurra algo y asiente. Ha llegado el momento de marcharse.
No estaba prevista esta escala, como tampoco lo estaban la de Barcino ni la de Valentia. Pero algo pasaba con la nave. Desperfectos que no tenían demasiada importancia, decían los tripulantes, pero que era mejor reparar.
Teofila Maledes tenía negocios al sur, en Gades, pero no le gustaba viajar, y menos aún tan lejos de Constantinopla. Los administradores se encargaban de todo y le pasaban las cuentas correspondientes, pero cada pocos años se ponía la obligación de inspeccionarlo todo por sí misma.
Habían atracado en un lugar que llamaban Portus Illicitanus, pero para Teofila Maledes, lo mismo que para su secretario, sus dos sirvientas e incluso para los escoltas, lo de “puerto” era un título demasiado grande para aquel sitio. Puede que tiempo atrás lo fuese, pero en ese momento era poco más que un resguardo para pescadores. Claro que ellos venían de Constantinopla y cualquier cosa podía parecer demasiado pequeña o demasiado miserable para los ciudadanos de la capital oriental.

lunes, 14 de marzo de 2011

Días de salsa china I.b


La plaza de los aligustres y los dos años

Marola resultaba ser tan encantadora como Cardo había intuido. Algo completamente nuevo. Escuchaba, hablaba, era atenta, graciosa… Era un tópico, pero hasta ese momento no había conocido a nadie como ella. Le gustaba. ¡Vaya si le gustaba!
Cardo iba a verla y se citaban en la plaza mayor, en una terraza frente a la iglesia, junto a unos árboles de hojas que siempre le parecían amarillas aunque puede que fuesen verdes.
Una tarde le preguntó qué clase de árboles eran.
-No lo sé –respondió Marola.
-Yo diría que son aligustres –apuntó él. No entendía de árboles, ni de plantas en general, pero se le antojaba que parecían aligustres.
Una tarde le preguntaron a un camarero.
-Les llaman falso plátano –respondió el otro.
Un pequeño chasco. Pero la plaza de los falsos plátanos no sonaba ni medianamente bien, así que ambos decidieron que seguiría siendo la plaza de los aligustres.
En la comarca hay muebles, alfombras, zapatos y uva. Hay mucha uva en el pueblo y Marola tenía días enteros de limpiar racimos.

jueves, 3 de marzo de 2011

Boudica IV

La zorra britana

Boudica siente que no puede dar un paso más. Parece que las rodillas van a desmontarse de un momento a otro y tiene los pies hinchados y a punto de llagarse. El dogal le ha hecho una escocedura en el cuello que quema con cada movimiento. Pero lo peor es el pómulo. Creyó que le estallaba la cabeza cuando el romano le cruzó la cara.
Apareció de repente, con la espada goteando sangre en la derecha y con el brazalete de hierro de Boergeles en la izquierda. Boergeles estaba muerto. Sólo así habría consentido en que le arrebatasen el emblema familiar.
El romano se acercó a Boudica y dejó caer el brazalete. Luego señaló el gladio que ella aún aferraba contra sí y dijo:
-Esa espada es mía.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Cajas de guerra

CAPÍTULO I

Retorno


No era ni media mañana cuando María del Carmen abrió los ojos. Además de tener el sueño bastante ligero, notaba un poco de frío a pesar de las tres mantas con que se cubría. Terminó de despertarse cuando vio que Lapiedra estaba ya completamente vestido y miraba por la ventana abierta. De ahí el frío, claro. La moza, no tan moza en realidad porque se acercaba ya a la treintena, se preguntaba qué motivo tan importante habría tenido Lapiedra para levantarse de la cama, con lo bien que se estaba debajo de las mantas, y ponerse a mirar por la ventana. Y, encima, con la ventana abierta. Pero si ahí fuera no había nada que aquel hombre no conociese de memoria y, además, tampoco era la cosa tan bonita de ver. Allá enfrente, a unas pocas cuerdas, la torre; entre la taberna y la torre, las casas de los pescadores; más allá, la sierra. Al otro lado estaba la playa y el mar, pero tampoco María del Carmen, que veía aquello todos los santos días, creía que fuese tan interesante como para levantarse antes de mediodía y abrir la ventana de par en par. Y menos aún con el frío que hacía.